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Fármacos anti-obesidad: Uso seguro del Saxenda, Ozempic y Mounjaro

  • 25 mar
  • 4 min de lectura

El uso de medicamentos como Saxenda (Liraglutide), Ozempic (Semaglutide) y Mounjaro (Tirzepatide) ha transformado el abordaje del sobrepeso, la obesidad y la diabetes mellitus tipo 2 (DMT2). Sin embargo, su creciente popularidad también ha generado especulación, dudas y, en algunos casos, un uso inadecuado. Comprender cómo funcionan y cuál es su verdadero rol en el tratamiento de determinadas enfermedades es clave para obtener beneficios reales y sostenibles.


Mucho más que “fármacos para adelgazar”


Uno de los errores más comunes es considerar estos fármacos como soluciones expeditas con fines estéticos. En realidad, fueron desarrollados para tratar alteraciones metabólicas complejas, como la hiperglucemia en la diabetes tipo 2. Su efecto sobre el peso es una consecuencia positiva de su mecanismo de acción, no su único propósito.


Esto implica que su indicación debe estar basada en criterios médicos bien definidos, llamados “indicaciones”, basados en la relación riesgo vs beneficio. Aunque pocas, hay algunas “contraindicaciones” al uso de estos fármacos. Por otro lado, no todas las personas con deseo de perder peso necesitan usar estos fármacos. De hecho, utilizarlos sin evaluación médica apropiada puede conllevar resultados ponderales y metabólicos insuficientes, y poco sostenibles en el tiempo. 


Cómo actúan en el organismo: entender el efecto incretina


El modo en que estos medicamentos actúan está muy ligado al "efecto incretina", que es un sistema del cuerpo que controla cómo responden ciertas hormonas del estómago y del páncreas después de comer. Las hormonas más fundamentales en este proceso son el GLP1 y el GIP. 


Estos nuevos fármacos, en conjunto llamados agonistas de los receptores de incretinas o “incretino-miméticos”, tienen una estructura química similar a las incretinas e imitan sus efectos. Al emular o remedar a la hormona GLP-1, estos fármacos logran sincronizar varios procesos metabólicos clave. Por un lado, estimulan la liberación de insulina a nivel pancreático, solo cuando los niveles de glucosa están elevados, lo que evita hipoglucemias innecesarias. Por otro lado, enlentecen el vaciamiento gástrico, haciendo que los alimentos permanezcan más tiempo en el estómago, produciendo una sensación de saciedad precoz y duradera, después de comer. 


Además, tienen un efecto directo a nivel cerebral, específicamente en los centros que regulan el apetito en el hipotálamo. Esto se traduce en un efecto sacietógeno o una disminución del hambre y por lo tanto, una mayor capacidad para controlar la ingesta. En conjunto, estos mecanismos facilitan cambios en la conducta alimenticia que, de otra manera, suelen ser arduos de mantener.


Beneficios metabólicos integrales


Más allá de la pérdida de peso, estos tratamientos ofrecen beneficios clínicos relevantes. En personas con diabetes, mejoran el control glucémico de forma significativa. Sin embargo, incluso en pacientes con y sin diabetes, pueden contribuir a optimizar parámetros como la presión arterial y los niveles de lípidos en sangre.


La evidencia científica también ha demostrado que algunos de estos fármacos reducen el riesgo de eventos cardiovasculares mayores, como infarto de miocardio o accidente cerebrovascular. Asimismo, se ha observado un efecto protector sobre la función renal en pacientes con alto riesgo.

Estudios más recientes evidencian si su rol beneficioso es en trastornos como el hígado graso, la apnea obstructiva del sueño, la osteoartrosis, entre otros.  


Su conocido efecto a nivel del sistema nervioso ha demostrado funciones neuroprotectoras y estudios preliminares nos señalan su potencial uso en individuos con desorden de uso de alcohol, como coadyuvante en el tratamiento conductual de estas condiciones de difícil tratamiento. 

Podemos decir que los “agonistas de GLP1” o los “incretino-miméticos” son unos fármacos pluripotenciales, siempre y cuando se haga un uso racional y profesional de los mismos. 


Este enfoque integral refuerza la idea de que no se trata solo de “bajar de peso”, sino de mejorar la salud “cardio - renos - metabólica” en su conjunto.


Efectos secundarios y ajuste del tratamiento


Como cualquier medicamento que actúa sobre procesos fisiológicos complejos, estos fármacos pueden generar efectos secundarios, especialmente al inicio del tratamiento. Los más frecuentes son las náuseas, la sensación de llenura excesiva, vómitos ocasionales o alteraciones del tránsito intestinal, como estreñimiento o diarrea.


En la mayoría de los casos, estos síntomas son temporales y están relacionados con la dosis. Por eso, el tratamiento suele iniciarse de forma progresiva, permitiendo que el organismo se adapte. Aquí radica la importancia del seguimiento médico: ajustar la dosis, evaluar la tolerancia y acompañar al paciente en el proceso.


La automedicación o el uso sin supervisión médica aumentan el riesgo de efectos adversos y disminuyen la eficacia del tratamiento.


¿Quiénes no deberían utilizarlos?


Aunque son seguros para la mayoría de los pacientes, existen situaciones en las que su uso está contraindicado. Por ejemplo, personas con antecedentes personales o familiares de carcinoma medular de tiroides deben evitarlos (aunque no hay un incremento demostrado de esta condición en humanos, sí en ratas). También quedan excluidos aquellos pacientes con historial de pancreatitis reciente o recurrente, ni los que tengan alto riesgo de desarrollarla. Los pacientes con desorden del uso de alcohol solo son candidatos si están dispuestos a bajar su consumo. 


Estos aspectos no siempre son evidentes para el paciente, lo que hace indispensable una evaluación médica completa antes de iniciar el tratamiento.


El verdadero factor determinante: los hábitos

Un punto fundamental que no debe perderse de vista es que estos medicamentos no reemplazan los cambios en el estilo de vida. Su principal aporte es facilitar ese proceso, especialmente al reducir el apetito y mejorar la adherencia a un plan nutricional.

Sin embargo, si no se incorporan hábitos saludables —como una alimentación equilibrada, actividad física regular y un adecuado descanso—, los resultados pueden ser limitados o temporales.


Es crucial explicarle al paciente que los medicamentos curativos funcionan solo mientras se estén utilizando. Hay que hacer un esfuerzo por cambiar los hábitos de vida para que se internalicen y se conviertan en permanentes. Estos suelen ser procesos lentos y controlados; por lo tanto, se recomienda el uso de estos fármacos por largos periodos de tiempo y, en muchos casos, “por varios años”.

Habitos saludables
Los fármacos deben ser acompañados con hábitos saludables.

El objetivo no es depender indefinidamente del medicamento, sino utilizarlo como una herramienta dentro de un proceso más amplio de transformación de la salud.

El uso de Saxenda, Ozempic y Mounjaro representa un avance significativo en el tratamiento del sobrepeso, la obesidad, la diabetes tipo 2 e incluso la prevención de enfermedades cardiovasculares, renales y hepáticas. No obstante, su éxito depende de un enfoque responsable, individualizado y acompañado por profesionales de la salud.


En Tecnidiabetes, el enfoque es claro: combinar la evidencia científica con intervención médica, nutricional, apoyo psicoemocional y educativo, con un seguimiento continuo para lograr cambios reales, sostenibles y centrados en el bienestar integral del paciente.


 
 
 

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